El Edificio Zenith, propiedad de la megacorporación AetherSys, dominaba el horizonte de Neovancouver con su silueta de vidrio oscuro y luces pulsantes. En su interior, el equipo Orion Sigma, liderado por Dryst Korr, se preparaba para una junta virtual global. Entre sus integrantes, una ingeniera de sistemas llamada Lyra Vael lo admiraba con devoción. Dryst no solo era brillante, sino que irradiaba carisma y autoridad, aunque parte de ello era mérito de su IA implantada, un sistema de optimización oratoria diseñado específicamente para líderes de alto impacto.
En AetherSys, nadie se atrevía a hablar con su voz real. Cada palabra era cuidadosamente filtrada, afinada y optimizada por el asistente IA personal, garantizando un tono perfecto y una estructura impecable que cautivaba y persuadía. La comunicación era precisa, clara y, sobre todo, seductora. Sin embargo, entre Dryst y Lyra, algo iba más allá de lo profesional. Aunque nunca lo reconocieran, sus miradas compartían secretos y sus pausas para el café sintético se cargaban de una tensión no verbal.
Ese día, durante la pausa, antes de la junta, Dryst, por fin, se atrevió a romper el silencio:
"Eres el amanecer que disipa mis sombras, la luz que me llena de vida y devuelve mi aliento." —susurró Dryst con su voz magnética, cada palabra impregnada de una suavidad que envolvió a Lyra en un calor penetrante, mientras el rubor se extendía por sus mejillas, imposible de ocultar. Su IA sabía exactamente cómo dosificar el tono, el ritmo, la cadencia perfecta para hechizar.
La junta comenzó. Decenas de equipos de todo el mundo se conectaron a la sala virtual. Los avatares de las IAs tomaban notas y corregían cualquier ambigüedad. La voz de Dryst resonó con la perfección de siempre, profunda, segura, casi hipnótica. Lyra lo observaba embelesada. Él era el epítome del liderazgo, el hombre perfecto en su mundo dominado por la tecnología. Su presencia lo llenaba todo… hasta que ocurrió lo impensable.
Un fallo inesperado afectó la nube y, precisamente, los módulos que gestionaban su asistente. El sistema colapsó y, de pronto, la voz de Dryst quedó expuesta en su forma más desnuda.
Su voz, que antes imponía respeto y atracción, ahora sonaba suave, temblorosa, sin fuerza. Cada palabra salía torpe, rebuscada, innecesariamente técnica. Lo que antes era un discurso inspirador se transformó en un monólogo incomprensible. Los asistentes de la junta se miraban entre sí con incredulidad. Algunos fruncieron el ceño, otros apenas pudieron ocultar su desconcierto.
Lyra sintió un nudo en el estómago. Durante años había idealizado a Dryst, pero ahora, escuchando su verdadera voz y su manera natural de expresarse, algo dentro de ella se rompió. Ya no era el sol que ella pensaba, sino una llama vacilante en la oscuridad. Su mente intentaba racionalizarlo: «Tal vez está nervioso, quizá solo es el impacto». Pero no podía engañarse.
Y su sorpresa no terminó ahí. Sin darse cuenta, intentó intervenir, interrumpiendo su discurso… y entonces descubrió que su propia voz artificial también se había derrumbado.
Su tono sintético, diseñado para sonar elegante y preciso, desapareció, dejando al descubierto su voz real: aguda, chillona, con una entonación que jamás hubiera permitido que alguien más escuchara. Todos en la sala la miraron. Dryst la miró. Y en su rostro se reflejó algo que Lyra jamás imaginó ver: desencanto.
El sistema se restableció. Una notificación apareció en sus gafas holográficas: Conexión restablecida. IA Oratorius Hi operativa.
Las IAs avatares aclararon lo que fue interrumpido, la junta concluyó y los asistentes abandonaron la sala virtual con una mezcla de confusión y satisfacción técnica. Pero algo en Dryst y Lyra había cambiado para siempre.
Cuando la sesión terminó, se encontraron en la sala de descanso, como solían hacerlo después de cada junta. Pero esta vez, el silencio entre ellos fue distinto. Se miraron, incómodos, como si fueran completos extraños.
Dryst intentó decir algo, pero su IA aún se estaba reajustando. Su primera palabra salió sin filtro:
—Hola…
Era la misma voz débil de antes. Se corrigió de inmediato y su tono volvió a ser fuerte y varonil, pero Lyra ya había escuchado la verdad. Lo mismo pasaba con ella; cuando habló, su IA no había terminado de calibrar su tono, y un ligero chillido se coló en su voz.
Dryst parpadeó. No hizo ningún comentario, pero su expresión decía más que cualquier palabra. La sinfonía que los unía se había apagado abruptamente, dejando un silencio ensordecedor. Un velo había caído. Ya no se admiraban como antes, porque ahora se conocían realmente.
Tomaron su café en silencio. Y por primera vez, supieron que lo que más los había atraído del otro no era real. Solo un eco, una voz prestada en un mundo de mentiras perfectamente calibradas.