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EL CAPÍTULO 21

Les comparto un cuento inspirado en el libro de "El principito" de Saint Exupéry. Este cuento lo pueden encontrar en mi libro de cuentos y relatos: "Un viernes de lujuria".


–No, no, no –me contestó– A las mujeres las tienes que domesticar.
–¡Qué! –le dije a mi compañero con cara de no entender nada– ¡Domesticar!… ¿Qué eso no es de animales?
Mi compañero me miró con una sonrisa que denotaba gran experiencia en el tema. Estábamos sentados en el piso fuera del salón, era la hora del primer receso de aquel miércoles, uno de esos días maravillosos en que el sol se para magnifico en el cenit como un gran Dios y hace que las nubes desfilen como en una pasarela, mostrando todo tipo de formas que los niños suelen convertir en figuras conocidas. Pero no sólo en el cielo había un desfile de belleza, lo había por todas partes, el verde predominaba por doquier, como un tapiz que anunciaba la grandeza de la vida misma. Árboles por aquí, árboles por allá,  pájaros cantando a todo volumen la gran fiesta de ese hermoso día de primavera. Ni parecía que nuestra preparatoria tuviera puertas y butacas todas rayadas, ni que faltaran vidrios en las ventanas y persianas, ni que el suelo estuviera lleno de goma de mascar. Había feromonas en el aire estoy seguro de eso, pues todo olía a flores y yo quería revolcarme en ellas. 
–¿Quieres conquistarla sí o no? –dijo mi compañero mirándome con seriedad.
–Sí –contesté casi con un grito.
–Entonces ponme atención –continuó– ¿Recuerdas el libro de “El Principito”?
–Sí, sí lo recuerdo, una maestra nos hizo resumirlo en la secundaria y terminó haciéndonos odiar ese libro. ¿Además qué me puede enseñar un libro con un tonto niño rubio, una flor, un volcán, un zorro y todas esas fumadencias para niños de pre-escolar?
–La flor –dijo mi compañero en voz baja, como si se tratara de un secreto– simboliza a una mujer. ¿Recuerdas cómo la rosa empezó a hostigar al Principito con su vanidad un poco quejumbrosa, no te ha hostigado así alguna niña que hayas pretendido?
Sentí que esa relación con la rosa había embonado de manera precisa con mis experiencias pasadas con féminas. En un instante todo a mi alrededor se había esfumado, sólo escuchaba la voz de mi compañero platicándome el capítulo donde el zorro le exponía al Principito qué es domesticar. Siguió relatándome más pasajes del libro. Yo había leído más de dos veces aquella historia y jamás lo había visto de la manera simbólica en que mi compañero me lo explicaba. 
Esa misma tarde después de comer salí disparado de mi casa rumbo a una librería, compré el libro y en la noche ya lo había leído una vez más. 
En la quietud del domingo siguiente, por la tarde, después de mi décima lectura casi tenía memorizado el capítulo veintiuno donde el zorro enseña el significado de domesticar al Principito. Mientras miraba hacia la calle por la ventana de mi cuarto recordaba más o menos la explicación del zorro:
“Significa crear lazos, tú eres un niño parecido a otros cien mil niños, no nos necesitamos mutuamente y yo soy un zorro parecido a otros miles, pero si me domesticas seremos únicos el uno para el otro y nos necesitaremos”.
Continué enfrascado rememorando todo el capítulo como si se tratara de una fórmula secreta para cautivar a aquella dulce niña de ojos color miel que había conocido en la clase de inglés. 
No recuerdo cómo fue mi encuentro con ella. En mis primeras clases jamás la percibí. No sé si yo me senté a un lado de su lugar o ella del mío, si ella me sacó plática o yo a ella, pero recuerdo muy bien que en un receso me atrapó. Sí, literalmente me atrapó, fue como caer en un pozo profundo lleno de pétalos de rosas con todo tipo de esencias que lo hacen sentir a uno suspendido en el tiempo mientras uno escucha el latir fuerte de su corazón ¿Fue una trampa? ¿Usó sus encantos como armas para hacerme caer y fui su presa? No lo sé.  Había caído, y ahora quería estar con ella y seguir empalagándome de la miel de sus ojos y de ese je ne sais quoi. Para lograrlo tenía un plan, un gran plan y estaba en el capítulo veintiuno de “El Principito”: mi plan era domesticarla. 
A partir de entonces, mi clase de inglés se convirtió en el ritual que el zorro explicó al Principito. Todos los días iba puntual a las clases y trataba de que pasara lo mismo que el zorro aleccionaba “Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, ya desde las tres comenzaré a estar feliz. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. Al llegar las cuatro, me agitaré y me inquietaré; ¡Descubriré el precio de la felicidad! Pero si vienes en cualquier momento, nunca sabré a qué hora preparar mi corazón... Es bueno que haya ritos”. Así que siempre llegaba puntual a la clase. 
Pero mi plan no fue tan perfecto, porque un día al llegar la hora mi corazón comenzó a agitarse y comencé a inquietarme como el zorro mencionaba, pero después habían pasado quince minutos y mi corazón estaba completamente triste y a la media hora sentía que se me había hecho un enorme nudo en la garganta, cuando de pronto ella apareció, y descubrí como el zorro dijo, el precio de la felicidad, con algunos baches desde luego. 
Al ver que mi plan de domesticarla no se estaba ajustando a lo del zorro decidí averiguar dónde vivía. Aproveché el receso y en nuestra habitual plática descubrí que era vecina y vivía a unas cuadras de mi casa. Todo eso fue una gran noticia para mí, pues podría con comodidad visitarla, si ella me lo permitía. Platiqué con ella de mis intenciones, traté de no ser muy evidente y le dije que había algunos tópicos de la clase que no entendía. Ella accedió a que nos viéramos para aclarar mis dudas. Forcé las cosas para que nos encontráramos dos días por semana y a la misma hora, pues tenía que convertir esto en un ritual como el capítulo veintiuno indicaba.
Y así pasó un mes, por las tardes yo caminaba unas cuadras para llegar a aquella casa de color lila que jamás antes había notado. Una pequeña casa de una sola planta, con un pequeño cancel negro con formas onduladas, una cochera para un auto siempre ocupada sólo por una gran cantidad de macetas. Una casa en medio de dos enormes casas que lucían por su exuberancia, allí vivía mi compañera de inglés, que sin saber qué tipo de pociones usaba, me hacía sentir enormemente bien con su compañía. 
Recuerdo cómo me aclaraba en unos minutos algunas de mis dudas ficticias y después terminábamos hablando de miles de temas sin sentido alguno, yo sólo quería mirarla y estar a su lado. Había momentos en que contemplaba sus ojos que parecían resplandecer como un par de gotas de miel bajo el sol y entonces pensaba, pronto te domesticaré, crearemos lazos y seremos pareja. Al pensar en eso sentía cómo mi corazón batía como un tambor que guiaba a un gran regimiento de mariposas que aleteaban en mi estómago. 
Pasaron unas semanas más y yo seguía con el ritual, platicábamos de miles de temas sin sentido alguno y seguía contemplándola como si fuera un dulce paisaje de primavera, lleno de flores y frescura. Para ese tiempo creí que ya la tendría domesticada. Pero decidí insistir una semana más.
En ese período de casi tres meses, cuando volvía del colegio, pasaba frente a la casa de mi compañera que quedaba por el camino de siempre. Reflexionaba y me decía, cómo es que nunca había notado esa casa y ahora no puedo dejar de verla. Había algo en ella, algo que no podía describir con palabras, lo cierto es que brillaba más que el sol de aquella floreciente estación y me recordaba un pasaje de “El Principito”:
“Pero, si me domesticas, mi vida resultará como iluminada. Conoceré un ruido de pasos que será diferente de todos los demás. Los otros pasos me hacen volver bajo tierra. Los tuyos me llamarán fuera de la madriguera, como una música. Y además, ¡Mira! ¿Ves, allá lejos, los campos de trigo? Yo no como pan. El trigo para mí es inútil. Los campos de trigo no me recuerdan nada. ¡Y eso es triste! Pero tú tienes cabellos color de oro. ¡Entonces será maravilloso cuando me hayas domesticado! El trigo, que es dorado, me hará recordarte. Y me agradará el ruido del viento en el trigo...” 
Seguía inmerso en el pasaje y pensaba, ahora su casa me ilumina, parece tener luz propia, su color lila brilla como un pequeño sol. Debo haberla domesticado, me dije.
Finalmente llegó la semana en que estaba decidido a dar un paso y declararle mi amor a mi compañera de clase de inglés, quien ahora hacía sentir toda mi vida iluminada con un brillo sublime. Sabía que no tardaría en llegar a la clase o que a más tardar llegaría a la mitad como otras veces. Pero pasaron los minutos y seguía sin aparecer.
Pasó la hora de la clase y jamás llegó. Por dentro tenía sentimientos que me provocaban un vacío profundo, como si un agujero sin fondo me estuviera absorbiendo. Por donde volteara todo era oscuro y negro. Mi esperanza era verla por la tarde como lo habíamos estado haciendo últimamente.
Toqué varias veces el timbre, abrí el cancel y toqué a su puerta, jamás abrió nadie. Sentía mi pecho apretado como si alguien presionara mi corazón con su mano. Sentía que perdía el aliento y que todo se derrumbaba a mi lado. Jamás le pedí su teléfono. Sabía muy pocas cosas de su familia. Me había enfocado tanto en la miel de los momentos compartidos, que jamás profundicé en conocerla más como persona. 
Toda esa semana la pasé mal, fueron varios días de lágrimas que parecían anunciar una temporada de lluvias, empañando aquella hermosa primavera en la que me había sumergido. “Es tan misterioso el país de las lágrimas” Recordaba la frase de “El Principito” mientras me encontraba yo mismo en ese país. En toda la semana no se presentó a clases y por las tardes cuando iba a su casa tampoco la encontraba. En conclusión, sentí vergüenza, sentí que sólo me había ilusionado, sentí que había construido un castillo en el aire, que no había logrado nada. Me dije que era una estupidez todo eso, embobarme así nada más. Tomé molesto el libro y lo guardé en un cajón. Me dije a mí mismo que me dejaría de tonterías y pondría los pies sobre la tierra.
El tiempo pasó y seguí sin verla en las clases de inglés, dejé de ir a buscarla, sentía algo de furia por haberme dejado llevar, así que me propuse centrarme en mis estudios. Y así fue durante varias semanas. Pero cada vez que volvía a pasar por la casa lila, ésta brillaba aún más, no lo podía creer, era espectacular. Mi sorpresa fue aún mayor, cuando una motoneta de color lila dobló por una esquina para luego pasar frente a mí, parado junto a la casa. La motoneta también relumbraba. Miré hacia otro lado, todos los colores lilas parecían resaltar como si tuvieran luz propia, ropa, sombreros, zapatos, carros, casas, cualquier cosa que tuviera un color lila o que se acercara, resplandecía de manera especial, como esos ojos amielados lo hacían, y ese je ne sais quoi se apoderaba de mí y me sumergía en un sueño paradisiaco. Me quedaba horas contemplando las cosas color lila y me producía un placer indescriptible, de verdad era asombroso.
Pocas cosas supe de ella, como que un familiar muy allegado había muerto y por algunos problemas económicos la familia tuvo que irse de Guadalajara. ¿Por qué no luche por ella? No lo sé, quizás por miles de razones triviales… orgullo, pudor, miedo, no lo sé, lo que sí sabía es que un color que solía serme indiferente y totalmente insignificante en mi vida, de la nada resaltaba como el trigo dorado, ese que hacía al zorro recordar los cabellos color oro del Principito o como las estrellas que hacían recordar al Principito que cualquiera podría ser el asteroide donde vivía. Desde entonces, yo también tengo algo especial que ilumina mi vida.





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